Antonio Andreu.
Las paredes de mi habitación ya lucen blancas y vacías. El 2011 las liberó de seguir soportando el extremado peso de mis mitos. Las fotos y pósters que no tiró el viento sucio pasado fueron descolgadas manualmente entre la decepción y la nostalgia. Será el único propósito que cumpliré este año: nunca más tendré ídolos.
El resfriado mal curado que incubé en Sudáfrica se hace visible aún en una maldita tos seca. Aparece para complicarme mucho las cosas, para demostrarme que sigue habiendo luz. La tentación de la estrella es fuerte, pero mantendré mi decisión definitiva. No quiero más sorpresas, no quiero nuevos desencantos.
El 2010 me enseñó lo que ya intuía. Paquillo, Alberto y Marta, la cinta rosa de Marta, desmontaron el invento que creí desde niño. Ser periodista deportivo sin manejar las palabras que terminan en ‘ina’ es absurdo, pero se puede vivir desconociendo ‘superación’ y ‘sacrificio’. El engaño ha terminado para mí y también para el chico de doce años que cruzaba la meta disparando con sus dedos. Él ya jamás alentará pedaladas en Luz Ardiden, ni yo madrugaré para ver al de Guadix correr andando en Pekín. Ya nunca gritaré “¡Va, arriba!” por el tropiezo de alguien en una valla, ni me levantaré del sofá para gritar un sprint histórico. Ya nunca, jamás, me levantaré del sofá.
Quizá algún día volveré a poblar mis paredes, pero no será de deportistas sino de otras personas. Mis ídolos futuros viven a dos calles o en el pueblo vecino. Son los que trabajan doce horas en un andamio para ganar mil euros, los que pasan las Navidades en un hospital intentando superar un cáncer, los que limpian escaleras para pagar los estudios de sus hijos y los que abandonan una brillante carrera empresarial para ayudar a construir un orfanato en la India. Ellos se merecen a partir de ahora mi devoción. Ojalá que Dios les dé suerte.







Usain BOLT record del mundo de los 100 metros lisos. Esto no debe tardarse en leer más de 9.58 segundos.