13 de octubre de 2009

¿Quién teme al lobo feroz?

SHDC.

Las estadísticas hablan por sí solas. La mayoría de jóvenes españoles no vuelve a leer un libro (no contemporáneo) después de realizar la temida selectividad.

Seguramente en esta cuestión todos tenemos mucho que decir. ¿Qué libros recomendamos? ¿Con qué criterios? Bueno, pongámonos un límite, 18 años, ¿cuáles serían las lecturas que deberían haber pasado por nuestras manos antes de llegar a esa edad?

Si nos ponemos a escoger, preferimos devorar un bestseller y olvidarnos de los ¿mal llamados? clásicos que se nos antojan llenos de polvo, de páginas y páginas repletas de expresiones obsoletas y de mucho aburrimiento. ¿Es que todo lo publicado ayer, como parecen vendernos las editoriales, ha preescrito?
Uno de los retos con los que se enfrentan educadores y crítica literaria (parece imposible poderlos unir en la misma frase) es redefinir la manida noción de clásico y por qué no, también la de Bestseller. Los hoy considerados pilares de la literatura nacional de la mayoría de los países europeos fueron bestseller de su tiempo que se publicaban en periódicos por entregas. Que se lo pregunten a Dickens, Balzac o a nuestro Galdós. Si nos remontamos a la antigua Grecia 'La Iliada' y 'La Odisea' fueron poemas populares antes de que Pisístrato los impusiera en todas las escuelas para martirio de los niños atenienses y qué decir de 'El Quijote' que fue un bestseller antes de volverse un clásico.

"Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes..." (Quijote, II-III).

Pero parémonos a reflexionar; no se trata tampoco de reinvidicar ni pasados escritos ni futuros inciertos. Bien es verdad que hay toda una serie de libros que contienen y guardan las huellas conocidas y deconocidas que hemos ido heredando todos, sin execepción, de forma incosciente. Es tan cierto como triste que muchos estos libros que acompañaron en su infancia y juventud a nuestros padres y abuelos hoy sólo sean conocidos por sus adaptaciónes cinematográficas; Andersen, Dickens, Defoe, Kipling, Perrault, Grimm, Twain, Carroll, Swift, Collodi, Barrie, Stevenson, Salinger, Poe, Monterio Lobato, Quiroga, todos versionados (¿o mejor distorsionados?) por la industría del cine y muchos de ellos endulzados y sazanados en igual medida por la factoría Disney. Porque lo sepamos o no, a 'Caperucita Roja' se la comió el lobo y lo que Perrault quería realmente era dar una lección a todas las jóvenes que entablan relaciones con desconocidos, deslizándose el carácter sexual que somos incapaces de percibir en las versiones infantiles actuales.

Y es que el acierto (magia) es precisamente ése: una buena historia no se agota y es capaz de adapatarse a cualquier formato sea cuál sea; en este sentido traigo a colación la definición de clásico citando a un clásico: libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir -Calvino-. El otro día un académico brindaba una particular, sincera y realista visión del concepto que nos ocupa: “un clásico es un libro que todo el mundo cita, sin que nadie piense seriamente en leerlo. Digámos que es un lobo que acecha desde la estantería de nuestro salón”.

1 Response to "¿Quién teme al lobo feroz?"

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el empalador negro Says....

Sinceramente fui un lector ávido e incluso precoz hasta el momento en el que terminé la selectividad y comencé la universidad...motivos, la imposición de la lectura y el método de estudio universitario basado en la simple memorización de apuntes...
en ambos casos es lectura forzada y las cosas forzadas no se pueden disfrutar. Una vez que todo suena a forzado los libros comienzan a ponerse cuesta arriba y al final he acabado por leer más bien poco o nada...
Salud!

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